Jaque a la guerra

Dentro de la sección oficial (fuera de competición) del Bcn Film Fest’17

Comienzan las blancas. El peón avanza dos casillas. Las negras responden. ¿Qué harán? Quizá el caballo se adelante a sus peones. Este podría ser el inicio de cualquier partida de ajedrez, por ejemplo, de cualquiera que empezara Diego Padilla en los años 30 en Madrid. Y así, ganando el campeonato español de ajedrez de 1934, es como nos presenta Luis Oliveros al protagonista de El jugador de ajedrez.

Basada en la novela homónima de Julio Castedo, Oliveros se adentra con esta película en las consecuencias de dos guerras: la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial. Diego (Marc Clotet) es un jugador de ajedrez profesional, que no se quiere meter en política ante la posibilidad de una guerra civil, aunque se lo pida su mejor amigo, Javier (Alejo Sauras), que lucha por las ideas republicanas. Es en este preciso momento que conoce a Marianne (Melina Matthews), una periodista francesa, con la que se casará y tendrá una hija. La dictadura conseguirá que Diego y su familia se trasladen a vivir a París, huyendo de un régimen que elimina libertades y persigue a cualquiera que no sea afín a los ideales únicos que defiende. Esta huida no será tan fácil ni próspera como se esperan. Diego acabará siendo acusado por las SS de espía en una Francia ocupada por los nazis. Ahí, en prisión, será donde conocerá a Pablo (Andrés Gertrúdix), un compañero de celda, y a un coronel nazi (Stefan Weinert) con el que entablará una relación de igual a igual mientras duran sus partidas de ajedrez.

Sí creías haber visto todo el sufrimiento que puede aguantar y expresar Marc Clotet en La voz dormida (2011), te equivocas. Porque su personaje sufre, física y emocionalmente, durante gran parte del metraje y Clotet nos trasmite cada emoción y pensamiento de Diego. Un gesto, una mirada, nos deja ver el trasfondo de su personaje, aunque no nos diga nada con palabras. Diego evoluciona al largo de la película como respuesta a todo lo que le está pasando a su alrededor, sin forzar en ningún momento sus reacciones o sentimientos.

Aunque se pueden destacar varios momentos de la película, por su significado y su buena puesta en escena, yo me quedo sin duda con las conversaciones entre Diego y su gran amigo Javier; las confesiones entre Diego y Pablo, su compañero de prisión; y la rivalidad en el tablero entre el prisionero y su carcelero.

Clotet y Sauras consiguen transmitir la intimidad propia de aquellos amigos que han crecido juntos, casi como hermanos. Cada conversación sobre la vida, entre chatos de vino, es un retrato fiel de su amistad. De la relación de necesidad entre Diego y Pablo, por ser los únicos españoles en la misma celda, nace un compañerismo propio de aquellos que comparten sufrimiento, incertidumbre y unos recuerdos que no se borrarán jamás. Gertrúdix nos hace partícipes de unas confesiones que minan la esperanza. Stefan Weinert, quien da vida al coronel nazi de la prisión, consigue meternos el miedo en el cuerpo al principio, aunque va resquebrajando su coraza a medida que conoce al personaje del jugador de ajedrez.

Oliveros consigue con esta película transmitir el horror, la barbarie y la indecencia de las guerras y sus consecuencias. Nos llega a encoger el corazón mientras vemos como las esperanzas de los damnificados por la guerra van rompiendo el hilo que las tejen.


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